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YACIMIENTO

Poblado Ibérico de San Antonio

📍 Calaceite · Matarraña / Matarranya

Uno de los grandes poblados ibéricos del Bajo Aragón, excavado desde comienzos del siglo XX y fundamental para comprender la cultura ibérica del Matarraña.

Sobre este lugar

Sobre el cerro de San Cristóbal, muy cerca de Calaceite, se conservan los restos del Poblado Ibérico de San Antonio, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del Matarraña y un lugar fundamental para comprender cómo se organizaban las comunidades ibéricas que habitaron el Bajo Aragón.

Calles, viviendas, murallas, torres y estructuras para almacenar agua permiten reconstruir un asentamiento ocupado durante varios siglos antes de la consolidación del dominio romano.

El yacimiento está protegido como Bien de Interés Cultural, en la categoría de Zona Arqueológica.

Una posición estratégica

El poblado ocupa la parte superior de una colina próxima a Calaceite.

La elección del emplazamiento proporcionaba ventajas evidentes: defensa natural y un amplio control visual sobre el territorio circundante.

Desde lo alto podían vigilarse tierras agrícolas, caminos y otros asentamientos.

Los primeros habitantes

La ocupación ibérica del cerro comenzó aproximadamente durante el siglo V a. C.

El núcleo inicial se concentró principalmente en la parte alta.

Con el paso del tiempo, el asentamiento creció y experimentó importantes transformaciones.

Una calle central

La zona superior presenta uno de los esquemas urbanos característicos de numerosos poblados ibéricos.

Una calle central organiza el espacio y a ambos lados se disponen las viviendas.

Esta estructura permite que el visitante actual pueda reconocer con relativa facilidad cómo estaba organizado el asentamiento.

Las casas

Las viviendas tenían plantas fundamentalmente rectangulares y se construían utilizando piedra, tierra y otros materiales disponibles en el entorno.

Algunas construcciones situadas en zonas de desnivel pudieron disponer de más de un nivel.

Los espacios inferiores podían utilizarse como almacenes, bodegas o dependencias relacionadas con animales y actividades productivas.

El crecimiento del poblado

Durante los siglos siguientes el asentamiento se amplió hacia las laderas.

Las nuevas construcciones tuvieron que adaptarse al relieve mediante terrazas y soluciones arquitectónicas diferentes a las de la zona superior.

El crecimiento refleja una comunidad capaz de transformar considerablemente el cerro.

Murallas y torres

San Antonio estaba protegido mediante un sistema defensivo formado por muralla, torres y otros elementos fortificados.

Destaca especialmente una potente torre de planta semicircular vinculada a las defensas del asentamiento.

Estas estructuras no servían únicamente para combatir: su monumentalidad también transmitía poder a quienes se aproximaban al poblado.

El problema del agua

Vivir en lo alto de un cerro proporcionaba seguridad, pero planteaba un problema evidente: conseguir agua.

En el yacimiento se conserva una balsa destinada a recoger agua de lluvia.

Es un pequeño detalle que ayuda a imaginar las necesidades cotidianas de sus habitantes mucho mejor que cualquier gran muralla.

Objetos llegados de lejos

Las excavaciones han proporcionado cerámicas y otros materiales que demuestran que estas comunidades no estaban aisladas.

El Matarraña participaba en redes de intercambio que conectaban el interior con otros territorios mediterráneos.

Los objetos arqueológicos permiten reconstruir contactos comerciales, costumbres y cambios culturales.

La llegada de Roma

La expansión romana por el nordeste peninsular transformó profundamente el mundo ibérico.

San Antonio terminó abandonándose en torno a los últimos siglos antes de nuestra era, dentro del proceso de cambios provocado por la presencia y posterior dominio romano.

El final del poblado no significó simplemente la desaparición de sus habitantes, sino la transformación progresiva de toda una forma de organización territorial.

Juan Cabré

San Antonio ocupa además un lugar especial dentro de la historia de la arqueología española.

El calaceitano Juan Cabré Aguiló, nacido en 1882, desarrolló aquí algunos de sus primeros trabajos arqueológicos.

En 1903 inició excavaciones en el yacimiento, trabajos que posteriormente fueron continuados por otros investigadores.

Calaceite y el nacimiento de la arqueología moderna

La figura de Cabré convierte esta zona en algo más que un territorio lleno de yacimientos.

A comienzos del siglo XX, el Matarraña se convirtió también en escenario de las primeras investigaciones sistemáticas sobre la cultura ibérica y el arte rupestre.

Investigadores españoles y europeos comenzaron a estudiar científicamente unos restos que hasta entonces habían recibido mucha menos atención.

Un paisaje lleno de poblados

San Antonio no estaba solo.

Calaceite y los municipios próximos conservan numerosos asentamientos como Tossal Redó, Els Castellans y otros enclaves que muestran la intensa ocupación protohistórica del territorio.

Esta concentración convierte al Matarraña y al Bajo Aragón en una de las zonas más interesantes de Aragón para conocer el mundo ibérico.

Ruta de los Íberos

El yacimiento forma parte de la Ruta de los Íberos en el Bajo Aragón, proyecto que conecta diferentes asentamientos y centros de interpretación.

Esta red permite comparar distintas formas de poblamiento, sistemas defensivos y etapas cronológicas.

Visita libre

El yacimiento puede recorrerse al aire libre.

Como sucede en cualquier espacio arqueológico, conviene permanecer en los itinerarios habilitados y evitar caminar sobre muros o estructuras.

La visita gana muchísimo si previamente se conoce qué función tenía cada espacio.

Qué observar

Comienza identificando la calle principal y utiliza ese eje para reconstruir mentalmente la distribución de las viviendas.

Después busca las defensas, la torre y la balsa de recogida de agua.

Finalmente levanta la mirada hacia el paisaje.

Desde esa posición elevada resulta mucho más sencillo comprender por qué hace más de dos mil años alguien decidió construir aquí un poblado.

San Antonio permite hacer algo especialmente difícil en arqueología: pasar de contemplar unas ruinas a imaginar un pueblo lleno de calles, casas y personas.